
En la vivienda vertical de Bizkaia, el proyecto se juega en el hueco. Dos pisos idénticos por dentro pueden separarse en precio solo por dónde acaba colgada la máquina exterior. Un cuarto piso en Indautxu con patio estrecho no es igual que un bajo en Basauri con fachada a calle abierta: la distancia cambia la tubería, los soportes y hasta la ventilación necesaria para que la bomba rinda bien.
Solo hay cuatro sitios posibles donde colocar esa unidad: galería acristalada, patio interior, cubierta o fachada. Cada uno tiene condiciones distintas; colgar en la fachada exige acuerdo vecinal y permisos municipales, mientras que la galería necesita salida de aire clara hacia fuera. Decidir esto antes de pedir presupuesto evita rehacer ofertas dos veces cuando la comunidad tumba la idea inicial o el técnico descubre que falta espacio real.
Los cuatro sitios posibles para la unidad exterior de un piso
En la manzana cerrada de Barakaldo, el patio de luces es el sitio más común, pero engaña. Si el hueco es profundo y estrecho, la unidad exterior recala el aire que acaba de expulsar; el rendimiento cae porque respira su propio calor residual. La galería acristalada o tendedero ofrece comodidad para colgar el equipo sin tocar fachadas, aunque exige ventilación permanente hacia fuera: si se cierra, acumula humedad y obliga a más ciclos de desescarche en las mañanas frías del Ibaizabal.
La terraza permite un emplazamiento ventilado con desagüe de condensados resuelto, ideal para evitar corrosión por salitre en Getxo, siempre que se respeten los soportes antivibratorios. En el ensanche de Bilbao, la fachada a la calle es elemento común: instalar ahí requiere acuerdo de comunidad según la propiedad horizontal y, a menudo, comunicación previa al ayuntamiento por ser zona protegida. Cuando la cubierta plana de un bloque de Repélega es practicable, gana espacio útil lejos de las ventanas vecinas, pero hay que vigilar que no se creen corrientes de aire cruzado entre unidades de distintos pisos.
Por qué un patio de luces estrecho baja el rendimiento sin avisar
En un patio de luces estrecho, la unidad exterior no tiene aire fresco del que alimentarse. Al expulsar el calor absorbido, ese flujo rebota contra las paredes y vuelve a entrar en la batería por delante, como si estuviera respirando su propio aliento. La máquina interpreta que el entorno está más frío de lo que realmente hace, así que ajusta sus ciclos para compensar una temperatura que no existe. El resultado es un consumo eléctrico mayor sin ninguna alarma visual ni sonora: el equipo sigue funcionando con normalidad aparente, pero rinde menos porque trabaja con el aire ya cargado térmicamente.
Este fenómeno pasa desapercibido precisamente porque no genera errores técnicos ni ruidos extraños; simplemente se paga más cada mes mientras el confort se mantiene intacto. Para evitarlo, quien monte el equipo debe calcular las distancias mínimas entre la salida de aire y los obstáculos cerrados. En portales antiguos de Indautxu o pisos altos de Santutxi, donde los patios son profundos y verticales, esta medición define si la instalación será viable. Las empresas instaladoras de Bizkaia revisan estos espacios antes de proponer ubicación, asegurando que haya renovación real de aire y no una recirculación silenciosa que degrade el rendimiento año tras año.
La galería acristalada: cómoda si la máquina puede respirar
En Bizkaia, la galería acristalada del tendedero es el sitio natural para colgar la unidad exterior. Protege del sirimiri y del viento del noroeste en Getxo o Santurtzi, pero encierra un riesgo serio si no respira. El equipo necesita aire fresco constante; una caja cerrada por los tres lados convierte ese espacio en una trampa de calor. En invierno, cuando se cierran las ventanas para evitar corrientes, la máquina aspira su propio aire recalentado. El rendimiento cae en picado porque la bomba de calor trabaja contra sí misma, forzando ciclos de desescarche constantes que apenas aportan calefacción útil.
Para que funcione, hace falta una ventilación permanente hacia el exterior, con aberturas claras en la fachada o en el techo del tendedero que permitan expulsar el aire frío al callejón o a la ría. Sin esas salidas, ocurre lo mismo que en un patio de luces estrecho, pero peor: el estancamiento térmico impide que la batería intercambie energía. Antes de colocar nada, conviene consultar qué exige la comunidad de propietarios sobre elementos comunes y verificar si el municipio pide alguna comunicación previa, especialmente en zonas con protección histórica como Abando o Casco Viejo.
Fachada a la calle: cuándo es viable y cuándo ni se plantea
La fachada no es tuya, es de todos. Colgar ahí una unidad exterior requiere acuerdo previo en junta y, dependiendo del municipio, una comunicación administrativa con condiciones estéticas añadidas si el edificio está protegido. En el Casco Viejo de Bilbao, en las calles catalogadas de Abando o en el casco histórico de Portugalete, esa vía es prácticamente inviable: la normativa patrimonial bloquea cualquier alteración visible desde la calle. Sin embargo, en bloques más recientes de Landako o Txibitena, donde la protección urbanística es menor, sí se plantea como opción cuando el patio interior o la galería acristalada no permiten un emplazamiento ventilado.
Aunque la comunidad dé permiso, hay que pensar en el vecino de enfrente. El ruido del compresor y el flujo de aire caliente golpean directamente a quien tiene su ventana justo al otro lado. Conviene que la junta fije posiciones y alturas concretas para evitar que cada piso coloque su equipo donde le parezca, creando un intercambio de calor y sonido poco deseable entre viviendas. Las empresas instaladoras de la provincia evalúan esta proximidad durante la visita técnica; si la distancia es escasa o la orientación crea recirculación de aire, buscarán alternativas antes de comprometerse con ese montaje, porque un rendimiento bajo por falta de ventilación afecta tanto a la eficiencia como a la convivencia.
El desagüe de condensados, la tubería que nadie mira
Cada vez que la unidad exterior hace un ciclo de desescarche, escupe agua por el fondo. En los inviernos oceánicos de Bizkaia, con esas horas constantes entre cinco y doce grados y la humedad alta del sirimiri, eso ocurre muchas veces al día. Si esa tubería no existe o está mal conectada, el líquido cae directo sobre el suelo del patio de luces, empapa las galerías acristaladas o gotea a la terraza del vecino de abajo. Es una pieza sencilla y barata que conviene exigir en el presupuesto cerrado; cuando falta, se convierte casi siempre en la primera queja de la comunidad antes incluso de evaluar el rendimiento térmico.
En Durango, donde las heladas son reales en las madrugadas despejadas y el salto térmico es mayor que en la costa, trazar ese desagüe exige cuidado extra para que el hielo no bloquee la salida. Las empresas instaladoras de la provincia deben verificar que el recorrido tenga pendiente suficiente y evitar codos innecesarios que acumulen suciedad. Revisar este detalle evita disgustos futuros: mejor prevenir ahora, mientras se define el emplazamiento definitivo, que lamentar humedades en un bloque de vivienda colectiva levantado hace décadas.
Cómo se decide el emplazamiento antes de pedir precio
Antes de escribir a ninguna empresa instaladora de la provincia, hay que tener claro dónde va el equipo. En un piso de Indautxu o Abando, con ese patio de luces interior típico de los bloques de mediados del siglo XX, no basta con ver espacio libre: hace falta aire. Si se coloca la unidad exterior en una galería acristalada cerrada por comodidad, sin ventilación permanente hacia fuera, el sistema recircula el frío que acaba de expulsar y pierde rendimiento. Lo mismo pasa si se toca la fachada, elemento común que exige acuerdo de comunidad y, según el municipio, comunicaciones previas con condiciones estéticas. Primero se descarta lo imposible o lo que deja al equipo ahogado; después se comprueba qué permisos hacen falta.
Llevar esa decisión tomada cambia la conversación con quien presupuesta. No es lo mismo pedir precio para «una bomba de calor» que decir «la unidad irá en este rincón concreto, ya descartado el resto». Así, dos ofertas distintas hablan de la misma instalación física. Sin ese detalle previo, cada instalador imagina un recorrido de tuberías diferente o asume que tocará el cuadro eléctrico de forma distinta, y comparar cifras se vuelve inútil. Al resolver el emplazamiento antes, se elimina la variable más traicionera: el coste oculto de mover el equipo porque no cabía donde se pensó.